Un discurso pensado para las nuevas generaciones
Guillermo Jaim Etcheverry
Para La Nación
El hecho de que nuestra civilización esté enfrentando una profunda crisis posiblemente confiera un significado especial a las palabras que pronunció Barack Obama al prestar juramento como presidente de los Estados Unidos de América.
Su tema central fue el de generar confianza en la capacidad del ser humano para superar los obstáculos que enfrenta y seguir adelante.
"El mundo ha cambiado y nosotros debemos cambiar con él", dijo, pero aclaró que los norteamericanos son "custodios de un legado".
Si bien enfrentamos nuevos desafíos, los valores de los que depende el éxito son antiguos: el trabajo duro, la honestidad, el coraje, el juego limpio, la tolerancia, la curiosidad, la lealtad y el patriotismo.
"No son sólo valores viejos sino que, sobre todo, son verdaderos y han constituido la serena fuerza de progreso durante nuestra historia -dijo Obama-. Lo que se requiere es regresar a esas verdades."
Obama se propuso la nada sencilla tarea de vincular a las nuevas generaciones con la historia de su país. Sostiene que han sido los arriesgados, los hacedores, algunos reconocidos, la mayoría hombres y mujeres en oscuros trabajos, quienes han llevado al país por el "largo y accidentado camino" que lo condujo "a la prosperidad y la libertad".
Esta convicción constituye una idea poderosa para reinsertar a las nuevas generaciones en una continuidad histórica de la que hoy, no pocas veces, se sienten ajenas.
Obama ha regalado al mundo, tan desorientado, palabras sencillas pero profundas. Es reconfortante que las nuevas generaciones, caracterizadas por un pragmatismo exacerbado y un cierto desprecio por la palabra, sigan conmoviéndose con apelaciones a los sentimientos profundos que esa palabra evoca.
Si bien es cierto que, como alguien ha señalado, los políticos "hacen campaña con poesía pero gobiernan en prosa", en sus recientes intervenciones Obama ha utilizado palabras realistas aunque esperanzadoras.
Esas palabras inspiran a una sociedad y solamente son despreciadas por quienes poco conocen la historia y, sobre todo, el alma humana.
Felizmente, uno se tropieza, cada tanto, con poemas escritos en prosa. Es de desear que ésta sea una de esas ocasiones excepcionales.


