La decisión de ser madre.
¿Todas las mujeres “elegimos” serlo?
Lic. María Sanavivi
Coordinadora Instructorado de Psicoprofilaxis Obstétrica
Generalmente la temática que nos convoca y que absorbe mayor atención en las áreas dedicadas a la investigación sobre la llegada de un hijo, se relaciona a la maternidad ya establecida, con su maravillosa presencia y todo su despliegue conflictivo a nivel emocional, con los cambios físicos propios y necesarios producidos por el embarazo, la situación del parto, la organización familiar, la crianza, los cambios en la pareja, los conflictos en la misma, la sexualidad y otras áreas. También se ha profundizado la situación en la que el embarazo no llega.
Pero hay algo que sucede en la mujer y que como temática, abandona rápidamente el centro de atención: la decisión de tener un hijo.
Esta cuestión se encuentra hoy en día en un intenso cambio y presenta a las mujeres un profundo cuestionamiento:
¿Tengo ganas de ser madre algún día, elijo tener un hijo?
Algunas mujeres se han animado a cuestionarse, otras actúan el mandato sin dudas y en ambos casos se dan los conflictos propios de la dualidad, de la que no estamos ajenas, con diferentes matices para unas y para otras.
Con la salida de la mujer al mercado laboral, sea por que hemos sido lanzadas al trabajo como elementos de reducción de salarios, sea por elección personal o por necesidad, la maternidad se ha convertido en algo en lo que hay que reflexionar.
Desde muy pequeñas a las mujeres se nos ha inculcado (un ejemplo claro donde lo podemos observar es en el juego), la idea de la maternidad. Jugábamos a las muñecas imitando lo que nuestras madres/maestras (nunca maestros) hacían con nosotras, creando un escenario muy útil donde “creativamente” elaborar nuestra personalidad. También “jugábamos” el lugar que ocupábamos en la pareja de nuestros padres y al mismo tiempo aprendíamos un modelo de funcionar como mujeres.
Sin dejar de lado nuestra naturaleza, la mujer siempre tiene un espacio interno en el psiquismo para la maternidad, desde el mismísimo momento en que existe la posibilidad física de ser madre. Con esto no me estoy refiriendo al momento de la primera menstruación, sino que desde que nacemos tenemos un cuerpo femenino, un útero; y la cultura, a través de nuestras madres, y nosotras a través nuestro a nuestras hijas, entrenaremos y mostraremos una manera subjetiva y a la vez cultural de serlo. Pero siempre de SER madres...
La cultura jamás mostró la posibilidad de no serlo, ya que iría en contra de su propia supervivencia, pero curiosamente, el contexto está “permitiendo”, “dando el espacio”, o también “obligando” a que esta idea se despierte en el interior de las mujeres. Lo que haga después cada mujer con esta “elección” es un tema de cada una, cuestión compleja y que posee una importancia fundamental en la historia del vínculo con el hijo, de la pareja y de la vida de la mujer.
Cuando digo que nos entrenan para ser madres, me refiero a una forma particular de funcionar en el mundo, una forma de relacionarnos con otras personas donde toda nuestra atención y afecto esta orientado a ellas, al cuidado de sus necesidades. De hecho la cultura ha desarrollado una organización social donde la mujer desarrolla varias tareas para cumplir esta misión.
Por eso es muy común, normal y lógico encontrarnos como mujeres, con aspectos internos que dificultan pensarnos “solas”, esto es, sin estar en función de otro. En esta modalidad de vivir y organizar nuestra vida, no podemos dejar de lado el costo/beneficio que tiene esta elección: ¿Para qué puede servirle a una mujer que nunca supo estar sola dedicarse extremadamente a estar pendiente de otros?
A nivel pareja, por un lado la sensación de resguardo y seguridad que nos da encontrar un varón que nos cuide, proteja y nos permita sobrevivir en esta organización social, situación que hace posible que la mujer se dedique al crecimiento de sus hijos. Por el otro, es una cuestión de supervivencia, ya que su organización psicológica fue preparada para eso y es lo que sabemos hacer.
Pero esto tiene otra cara algo más costosa: los niveles de dependencia y por lo tanto de control que se generan en la mujer, dirigidas al exterior, condimentado por el temor que irrumpe cuando aspectos básicos para nuestra subsistencia son depositados en otra persona.
Este es el tipo de trabajo interno que la mujer tiene como oportunidad para ser libre en sus elecciones, generar un mejor vínculo con su pareja y con su familia.
Si observamos la crisis que atraviesa la mujer cuando se van los hijos, veremos que no es más que este mismo conflicto hecho más o menos conciente según el caso, más o menos trabajado: no tiene que ver únicamente con la partida de ellos, sino con la reorganización de la energía personal... Una vez pasada y comprendida esta etapa, las mujeres se sienten libres, en el sentido de poder dedicarse a sí mismas y se enfrentan a una etapa sumamente creativa en lo personal.
La contracara de esto se observa en aquellas mujeres que no saben como vivir la vida sin estar cuidando de otros, sin ser el centro en la vida de la familia, sin ser necesitadas como cuando sus hijos, ahora adultos, eran bebés con pañales, con las graves consecuencias que esto acarrea tanto para ellas como para las personas que son privadas de su propia independencia, además de resentir el vínculo entre padres e hijos.
Ser madre tiene parte de “deseo”, supongo, pero sí estoy segura que tiene parte de “entrenamiento”, parte de “mandato tanto familiar como social”. Si pensamos en cómo está organizada nuestra sociedad, entenderemos un mensaje bien claro: la mujer debe buscar un varón que le permita en esta sociedad sobrevivir cubriendo las necesidades básicas de ella y su bebé, a la que ella le dedicará una buena parte de su vida.
Pero estos mandatos se encuentran ahora en profunda contradicción con lo que ocurre en el contexto en el que vive la mujer: su estudio, su trabajo y su profesión, su desarrollo personal, la necesidad de trabajar en muchos casos... motivo por el cual esta situación nos plantea una crisis, un cuestionamiento.
Lo que antes se buscaba a los 20 años no es lo que se busca ahora. Nuestras abuelas a esa edad ya estaban casadas y hoy la mayoría de nuestras mujeres están en pleno desarrollo profesional.
Ni lo de hoy es mejor, ni lo de antes es mejor o peor. Cada estructura genera sus propios problemas, conflictos, ventajas y desventajas, y sobre eso es importante que pensemos.
¿Alguna vez pensaron como sería la vida sin lo que vieron nuestras abuelas, con la compañía de sus hijos? ¿Con sus hijos creciendo y a su vez teniendo hijos? La cultura no da lugar a otra cosa para la mujer porque no la tienta con nada interesante... es más, la imagen que aparece sin una familia y/o pareja, es de una profunda soledad, y se me vienen también muchos prejuicios a la mente: “Si está sola por algo será...”
Pero yo hablo de una soledad diferente, una soledad responsable resultado de una elección y de un aprendizaje de independencia, con o sin hijos...
¿No será mejor poder romper internamente con lo establecido para que nuestra vida sea el resultado, sea el producto, de nuestra propia búsqueda personal?
¿Se animarán las mujeres a atravesar por lo que esto implica?


