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Artículos y notas

Los primeros días del bebé
y su entorno

Por Lic. Claudia Novillo

Los primeros días del bebé se caracterizan por su estado de somnoliencia. Pasa la mayor parte del tiempo entre el sueño y la vigilia. Se despierta sólo cuando tiene hambre u otra necesidad a ser calmada: frío, suciedad, dolor.

La forma universal de comunicarlo es a través del llanto y la satisfacción brindada por la mamá (o agente maternante) calma la tensión permitiéndole caer nuevamente en un sueño placentero.

La universalidad del llanto se particulariza en cada necesidad y bebé, es por esto que la mamá debe lograr establecer una comunicación íntima con su hijo que le permita descifrar la fuente de ansiedad que produce el malestar y ofrecer la satisfacción adecuada.

Otras vías de descargar la tensión son: el orinar, defecar, chupetear, toser, estornudar, regurgitar, etc.. De esta forma el bebé libera los excesos que “lo molestan”.

La mamá a través de los cuidados que le brinda (alimentación-limpieza-masajes-arrullos-sostén) facilita y colabora en la obtención de este logro y otros. El objetivo primordial posterior al nacimiento, es lograr el equilibrio homeostático del organismo en un ambiente extrauterino.

El bebé normal nace con un equipo reflejo tal como la succión, implantación, prensión y aferramiento que van declinando paulatinamente hasta desaparecer.

Sin embargo las primeras semanas comienzan a observarse reacciones de tipo diferentes como: el volver la cabeza hacia el pecho materno, el seguimiento visual, y expresiones faciales de placer-malestar o frustración. Esto indica búsqueda de contacto, obtención de placer y la percepción (vaga y difusa al principio) del tono emocional del ambiente que lo rodea.

La primera imagen visual que percibe el bebé es el rostro humano. Este, visto de frente y en movimiento es el desencadenante de la llamada “sonrisa social”. Este hecho marca el inicio de la actividad emocional.

El bebé necesita establecer desde el inicio de la vida posnatal una dependencia absoluta con otro para sobrevivir en un mundo diferente en el cual se gestó. Necesita recibir alimento para crecer en peso y talla, y cuidados básicos para mantener la salud. Pero es bien sabido que esto sólo no basta para lograr un sano desarrollo.

Los seres humanos somos “seres emocionales”, y la emotividad es un aspecto fundamental que debemos cuidar y alimentar desde el inicio mismo de la gestación. Se nutre del afecto y el amor, por lo cual lo óptimo es que se promueva tempranamente el contacto con el bebé. ¿Cómo? A través de la mirada, las caricias, las palabras, las sonrisas... Deben prevalecer las experiencias de placer sobre las de frustración.

Como padres somos responsables, no sólo del crecimiento físico de nuestros hijos sino del desarrollo emocional de los mismos. Y debemos ser concientes que con actitudes de amor y respeto estamos favoreciendo el progreso de un gran potencial que va más allá de lo meramente reflejo.

No debemos subestimar a nuestros pequeños ya que su capacidad de comprensión es mucho mayor de lo que el mundo adulto imagina.