Estrés
Dr. Miguel Schiavo
Dr. Marcelo Zerbo
- Definición, un poco de historia
- Fisiología del estrés, un lazo con la naturaleza
- La clave: la actitud
- Tratamiento
- El cuidado de sí
- Epílogo
Definición, un poco de historia
Existen pocas palabras con el éxito social que la palabra estrés ha logrado adquirir en el último siglo de la mano de la industrialización primero, y de su hermana la globalización después.
Su raíz parece ser latina y corresponde al verbo stringere que en una de sus acepciones significa: apretar, oprimir, sujetar. Como se confirmará luego los antiguos conocían bastante del tema con excepción de la palabra que hoy utilizamos: estrés.
En efecto, si bien el estrés como palabra aparece en el siglo XIV para expresar dureza, tensión o aflicción, luego no volvemos a tener noticias de ella hasta finales del siglo XVIII. Es en la física dónde vuelve a aparecer significando: “la fuerza originada en el interior de un cuerpo como respuesta a una fuerza externa que tiende a distorsionarlo”. Este concepto de la física ya contiene gran parte de lo que luego sería su significación biológica: la respuesta ante un estímulo y la posibilidad de la distorsión del objeto al que se aplica el estímulo.
Pero la medicina tendrá que esperar hasta 1932, cuando Walter Cannon considera al estrés como una perturbación de la homeostasis (homos: igual, estasis: posición). En otras palabras, cualquier estímulo (frío, calor, falta de nutrientes u oxígeno) produciría una alteración del equilibrio interno, un concepto básicamente biológico aplicado al ser humano.
Más tarde, en 1937, Hans Selye retoma este concepto y lo amplía generando el término “síndrome general de adaptación” como el conjunto de reacciones fisiológicas coordinadas ante un estímulo nocivo (“inclusive psicológico”) que intenta mantener la homeostasis de Cannon. Llamará estresor al estímulo y estrés a la respuesta. Además enuncia la importante noción de costo adaptativo, esto significaba que lo acontecido tenía consecuencias.
Este último paso y la posibilidad de considerar un estresor a los estímulos psicológicos es todo un avance en la consideración del tema en sus aspectos esencialmente humanos que poco a poco se revelaron como los más difíciles de aprehender.
La definición que nos parece más abarcativa es la de Lazarus y Folkman que dice: “El estrés psicológico es una relación particular entre el individuo y su entorno que es evaluado por éste como amenazante o desbordante de sus recursos y que pone en peligro su bienestar”. Cabría agregar que dicha evaluación no es necesariamente conciente, bien puede ser inconciente y ejercer un efecto quizá mayor en el individuo.
La cuestión se definió mejor luego de asumir que condiciones ambientales extremas representaban estrés para todo el mundo más tarde o más temprano.
Pero en las condiciones medias (no extremas) de la sociedad “civilizada” las cosas se complican porque los modelos animales no contemplan las aspiraciones humanas que son mucho más complejas que las ambientales. Esto es lo que hace mucho más significativo el impacto estresor de un estímulo de baja intensidad pero perdurable en el tiempo y es especialmente visible en el hombre en relación con el hombre es decir la familia, la sociedad, la política y el trabajo.
Podemos ver que han surgido dos variedades de lo que hasta ahora era una unidad: el estrés crónico y el agudo.
El crónico corresponde al mencionado como de baja intensidad y perdurable en el tiempo. Tiene características particulares en cuanto a que enfermedades da lugar y en que tipo de personas y situaciones. Son también los llamados “microacontecimientos de la vida diaria”. Se le atribuye un lugar destacado ya que alcanza a grandes poblaciones que muchas veces (no siempre) no perciben lo que ocurre debido a múltiples mecanismos sociales e individuales que lo impiden permitiendo la progresión de lo daños.
El agudo es el más sencillo de entender y corresponde a las catástrofes también llamados “los acontecimientos dramáticos ocasionales”. Una característica destacada es que hay un rápido reconocimiento social e individual de las víctimas lo que permite brindar asistencia en forma precoz limitando los daños.
Pero las variedades no terminaron ya que hay quienes sostienen que un poco de estímulo estresor es indispensable y hasta saludable en nuestra vida. A este se lo denominó eustrés (o buen estrés).
Es por todos conocida la metáfora de la cuerda de violín que si está muy tensa tiende a romperse y si muy floja no suena en forma correcta. Continuando con la metáfora en el terreno de las organizaciones, hay que saber con qué tensión se afina cada cuerda (liderazgo) ya que son todas diferentes (individuos) y lo que es más: en el piano hay que afinar hasta tres cuerdas juntas (equipo) para una sola nota (tarea).
En línea con este pensamiento la contracara del eustrés se lo llama distrés o mal estrés. Si aquél es fuente impulsora de la vida, éste es identificado por sus efectos deletéreos para la salud y el bienestar de los individuos. Incluso hay quien propone, no sin razón, hablar de estrés sólo cuando existe algún tipo de daño.
Una de las grandes preguntas con respecto a estas dos caras de la misma moneda es ¿cuándo lo que es fuerza impulsora deviene destructora? Dicho de otra manera, ¿cómo puedo percibir yo lo que me está sucediendo y discriminar (separar) aquello útil de lo perjudicial?
Para resolver esta cuestión vamos a realizar un pequeño paseo por la fisiología del estrés.
Fisiología del estrés, un lazo con la naturaleza
Cuando Hans Seyle describió el sentido de la reacción de estrés, para qué servía, dijo que la finalidad era preparar al organismo para pelear o huir (fight or flight).
El circuito del estrés arranca en el sistema perceptivo, en el caso del hombre en su cerebro ya que, dónde sino, se realizaría la evaluación de amenaza.
Desde múltiples lugares de la corteza del cerebro dependiendo del origen del estímulo, parten las conexiones hacia uno de los lugares que desencadenará la respuesta en la hipófisis. Esta pequeña glándula es responsable de regular y mantener funciones vitales a través de su influencia sobre otras. La que más nos importa en esta oportunidad la suprarrenal que es el otro sitio de respuesta al estrés.
Toda la inmensa complejidad de la respuesta la sintetizamos en dos niveles:
- Secreción de Catecolaminas (Adrenalina)
- Secreción Hormonal (Corticoides)
Estas dos vías de respuesta producen un sinnúmero de reacciones en el organismo. Vamos detenernos un poco en algunas para ver la relación entre la función y los motivos de consulta al médico.
Por ejemplo la adrenalina aumenta la frecuencia cardíaca y la tensión arterial con el objeto de tener un mayor aporte de oxígeno a los tejidos (recordar la preparación para la pelea o la huida).
Entonces en personas en las que predomina este mecanismo de respuesta y están sometidas a un estresor lo motivos de consultan podrá ser: taquicardia, arritmias (palpitaciones), hipertensión “nerviosa”, angina de pecho e infarto de miocardio. También se prepara a los músculos aumentando su tensión con el objeto de poder saltar, correr, etc. El motivo de consulta será entonces el dolor muscular y las contracturas.
La lista es bastante grande ya que se pueden producir síntomas o lesiones en todo el organismo: piel, tubo digestivo, aparato reproductor, etc.
Lo que se desprende de esto es que el mecanismo de respuesta al estrés no es en sí mismo bueno o malo. Aquello que nos puede enfermar también nos puede ayudar a enfrentar una situación de peligro. Si tengo que salir corriendo de un edificio en llamas para salvar mi vida necesito de la retracción automática de mi organismo que me provee de la energía para poder hacerlo. Naturalmente que esto tiene un costo para el organismo que se puede “amortizar” porque se trata de una situación de excepción o poco frecuente. Pero si todos los días estoy “huyendo de las llamas” no hay compensación posible.
Este mecanismo de conservación de la vida le permitía a nuestros ancestros cavernícolas enfrentar la lucha por la vida: correr para no ser comido o para poder comer a su vez. Nosotros probablemente tengamos una situación similar desde el punto de vista simbólico y biológico pero lo enfrentamos con una PC, un teléfono y sentaditos en una silla por lo que toda la energía puesta en juego no encuentra fácilmente cauces naturales donde drenarse y puede aparecer el malestar (ya sea síntoma o enfermedad).
Como tantas veces estamos dotados por la naturaleza de valiosos recursos para vivir. Dependerá del uso que de ellos hagamos los resultados que obtendremos.
Volvemos ahora entonces a la cuestión del qué hacer.
En la práctica de todos los días llama la atención, como un factor de la mayor importancia, la dificultad que algunas personas tienen para darse cuenta de su participación en aquello que las perjudica o perjudica a otras.
La razón de esta actitud (en este grupo de personas) es que se trata de gente que enferma por no enfermar. La aparente contradicción se puede explicar.
Yo por la presión del rol que cumplo, por exigencias inconscientes personales o sociales puedo ignorar las señales de advertencia que me evitarían dañarme. Esto nos ocurre porque la evaluación de amenaza se la toma con la señal, se mata al mensajero que nos comunica nuestros límites porque no queremos saber nada de ellos.
Un ejemplo real: Un gerente de finanzas concurre a realizar su chequeo anual, durante el mismo se le diagnostica un infarto agudo de miocardio. Al preguntarle dice que efectivamente había sentido dolor de pecho pero prefirió restarle importancia. Cuando se le dice cual es la situación y que debe internarse de urgencia se enoja con los médicos ya que el “tiene mucho que hacer” (!!!).
Esta negación, esta forma de recortar la realidad para construir una idealización, es el mecanismo principal que origina todas las pequeñas y cotidianas actitudes de invulnerabilidad que terminan precisamente vulnerándonos. Hay formas más sutiles que la presentada de que esto mismo ocurra.
Es interesante, y muy frecuente, otra forma de abordar el tema. En este caso a diferencia del anterior se trata de aquel que consulta por un malestar físico o emocional que es atribuido al estrés pero del que se responsabiliza por entero a algo o a alguien que no es el que consulta.
En otras palabras, esta persona no puede ver qué es lo que tiene que ver, cómo está implicada en lo que le pasa. Siente que es solamente objeto de una situación y no que también participa de alguna manera como sujeto. De esta manera se pierde la posibilidad de contar con el único mecanismo de afrontamiento útil y que está realmente en sus manos: ella misma. El mejor enfoque preventivo posible entonces es preguntarnos por nuestra actitud, ya que sin ella todas las recomendaciones con respecto a la nutrición, actividad física, relajación, etc. serán inútiles.
Una frase muy antigua atribuida a Plutarco dice: “Los desórdenes del cuerpo pueden diagnosticarse en general por el pulso, la bilis, la temperatura, etc. Lo grave en las enfermedades del alma es que pasan inadvertidas o incluso que se las puede tomar por virtudes. Los médicos quieren que uno no esté enfermo, pero que si lo está, no lo ignore”. Salvando las diferencias de tecnología diagnóstica nos atrevemos a decir que hay mucho de verdad en esta frase; solo con confundir a la ira o la temeridad con la valentía ya tenemos un buen ejemplo de lo que nos dice.
Es clásico y muy difundido un tratamiento centrado en una serie de medidas higiénico-dietéticas:
- Actividad física regular y aeróbica
- Alimentación sana
- Controles de salud periódicos.
Por mencionar sólo las más conocidas. Sin embargo ellas forman una pequeña parte de un todo más importante y menos conocido, de una verdadera estrategia:
Citamos a Michel Foucault:
“El cuidado de sí es el modo en que las civilizaciones griega y romana han reflexionado sobre la libertad individual y probablemente también la cívica hasta convertirla en una ética. Consiste en que para conducirse bien, esto es para practicar como es debido la libertad, era preciso ocuparse de sí, cuidarse de sí, tanto para conocerse como para formarse.”
¿Para qué serviría conocerse y sobre esta base formarse?
El postulado básico de esta filosofía es que, el que se cuidaba de si mismo como es debido, se encontraba precisamente por eso en condiciones de conducirse como se debe en relación con los otros. Si una persona era capaz de gobernarse a sí mismo, se debía a que no era esclavo de sus apetitos, por lo tanto, este soberano de sí mismo estaba también en condiciones de gobernar su hogar y de ocupar un cargo público ya que no hay nada que temer en quien ejerce el poder al mismo tiempo sobre sí mismo.
El poder sobre sí regula el poder sobre los otros. Esto es de la mayor importancia para no ser nosotros los que generemos un ambiente propicio para el malestar en los otros.
¿Qué relación tiene el cuidado de sí con este malestar que a veces llamamos estrés? Si cuido adecuadamente de mi mismo, si sé lo que soy, de lo que debo dudar, de lo que debo estar seguro, lo que me tiene sin cuidado, será entonces un poco más difícil dejarme llevar por, como dijimos al principio, una evaluación de amenaza. Nos hacemos responsables de lo que nos pasa en forma íntegra.
Responsable quiere decir que responde.
Vemos que en este asunto tan complejo volvemos luego de toda una vuelta a la persona, su singularidad y responsabilidad con ella y con las otras personas.
Los modelos animales no contemplan la indefensión del ser humano ante la complejidad de la vida justamente en términos humanos. Un gato no necesita de instrucciones para ser gato, por mencionar solo un aspecto de la cuestión.
Esta dificultad se halla en la base de la que todos partimos pero también contiene las herramientas con las que el hombre ha sido y es capaz de generar su propio y gozoso asombro.


